
Yo soy muy egoísta, celosa, y posesiva con la música. Detesto que me guste la canción que les gusta a todos los demás, o escuchar las bandas que todos conocen. También detesto que me pregunten cuales son mis bandas o géneros favoritos, porque siento que esa información es tan mía que solo yo tengo derecho a conocerla. Cuando voy en el bus o en el tren, llevo mi iPod en mi mochila o en mi bolsillo, todo con tal de que no se vea la canción que estoy escuchando. Junto con eso, creo que jamás he listado “escuchar música” como una de mis aficiones, o una de las cosas que me gustan. Tampoco me gustan los conciertos, porque detesto eso de compartir mi música con las masas.
Es casi un secreto.
Intento escuchar a bandas que casi ninguna de las personas que me conocen escuchan. Yo sé que serán mundialmente famosas, pero no quiero discutirlo. Odio discutir la música, y creo que “escuchar música” no es un pasatiempo o algo que te gusta hacer, sino que es algo que debería darse por entendido.
¿Por qué?
Pues porque si bien toda arte es sagrada, yo creo que la música se ha convertido en un placer bastante vulgar (si estás leyendo esto en voz alta, haceme el favor de alargar la segunda a en bastante como por tres segundos). Siempre he creído esto, pero no me había dado cuenta hasta hoy en la mañana. Estaba en una clase de literatura, discutiendo dos temas que hace una semana no tenían nada que ver, pero que hoy no puedo concebir sin recurrir al otro: el feminismo y la feminidad (y la ausencia de tales) en las bandas punk, y cómo la actual omnipresencia de la música ha convertido un sagrado ritual en algo sucio e inmaterial.
Yo venero al iPod como el mejor reproductor de mp3 que existe (específicamente al iTouch, o iPhone). Es chiquito, es precioso, es delgado, contiene toda tu música, videos, fotos, juegos, y apps; y apenas sabés que está en tu bolsillo. No puedo sobrevivir un viaje en el tren sin mi iPod, sin embargo, creo que el iPod -y todos los demás mp3s que no merecen ser mencionados- se ha comido la parte sagrada de la música. Con la parte sagrada me refiero a que en algún punto de la historia de la humanidad, seis bichitos se reunían en el cuarto de Pablo para escuchar el nuevo disco que había comprado. Y lo disfrutaban juntos. Y había una intimidad y una conexión mágica y genial, porque ese fenómeno fabuloso era tan delicado y perfecto que tenía que ser apreciado en un aparato específico, en un lugar en especial, y había que congregarse para ser parte de ese milagro. ¿Y hoy? Pues hoy podés escuchar una canción en tu desktop, en tu laptop, en tu iPod, en tu celular, en tu microondas con mp3, en el tren, en el baño, en tu cuarto, y en el cuarto de a la par también. No hay necesidad de congregarse religiosamente a alabar a don Cobain. Tampoco tenés que ir a la tienda y hacer cola para que la amiga Shakira te de su último disco autografeado, porque hace una semana que se leakeó y ya te podés al menos los coros de todas las canciones.
En fin, ya mataste al ritual.
¿Y eso está mal?
Pues no es que esté mal, es que hoy ya estuvo. Gloria a Dios que no necesito escuchar a bebés llorando en el bus, porque puedo tener a Emilie Autumn gritándome al oído. Igual, ¿cómo no imaginar cómo habrán sido las cosas hace unos años? Precioso, supongo. No lamento cómo son las cosas ahora, pero sí creo que el hecho de que la música sea prácticamente omnipresente hoy en día la ha convertido a un ritual personal y práctico. Enciendo mi iPod, pongo esta canción, la escucho hasta donde quiero, y paso a la siguiente. Y supongo que así no se hacen las cosas, porque hay que aprender a disfrutar la pieza completa.
La verdad es que ni sé qué géneros me gustan, porque no creo que la música tenga que ser clasificada para ser útil. Me gustan algunas bandas de las que a vos te gustan, pero eso es meramente irrelevante. Estoy loca por los Beatles, pero eso es cultura general, tengo alrededor de una semana escuchando a The Runaways como parte de mi clase, y me encantan, creo que Emilie Autumn tiene una mente liberada privelegiada porque se atreve a ir contra lo que es estético (en términos de sonido) y gritar como si la estuvieran matando para establecer un punto, definitivamente O-Zone es mi boy band favorita, y me gusta más Bach que Mozart.
Y creo que me sé todas las que salen en Phineas y Ferb.
Entre otros.